19 de septiembre

Brindamos entre bromas, yo por la pronta desaparición de la socialdemocracia (desde que cayó el muro ya no les hacéis falta)

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, Rafael Chirbes

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18 de septiembre

Moverse en los márgenes exige una fortaleza de la que no es fácil dotarse

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, Rafael Chirbes

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29 de agosto

Qué respeto puede merecer un pueblo que ha convertido el paraíso que le regalaron (lo era en su pobreza, lo conocí) en un albañal infecto.

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, Rafael Chirbes

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28 de agosto

La pereza no como consecuencia de creer que se tiene todo el tiempo del mundo, sino como desánimo, como convencimiento de que ya no se tiene tiempo para casi nada. Así he acabado por quedarme vacío, y solo. Modelo de ineficacia.

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, Rafael Chirbes

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Pareja

Deseé poder llorar con ella. Deseaba ser capaz de mostrarle que no me resultaba indiferente, ser capaz de expresarle mi gratitud y asegurarle mi fidelidad. Me di cuenta de que no había querido a nadie tanto como a ella. Estaba decidido a no dejar que desapareciera, a que con ella no me pasara lo que me había pasado con todas las demás personas a las que yo había querido y había dejado escapar

No soy una persona que sepa atar a los demás a su lado. Todos se alejan de mí lentamente, de forma imperceptible, hasta que al final, sin que se note, me abandonan. Pero nunca me había sentido tan abandonado como me sentía entonces. Nadja había llegado a estar tan cerca de mí como nadie antes, pero fui incapaz de mostrárselo. Y menos aún decírselo. […] Uno puede superarlo todo, pero no puede superarse a sí mismo. Empecé a creerme que era verdad que cada uno de nosotros es prisionero de nuestro destino.

Yugoslavia, mi tierra; Goran Vojnoviç

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Madre

Cada vez que volvía al cuarto, tenía que hacer esfuerzos enormes para retener las lagrimas y no empezar a llorar delante de ti. Cada vez que entraba en aquella habitación, cada vez que me cruzaba con tu mirada, tan llena de esperanzas, cada vez que veía tus miedos, tu soledad, tenía miedo de que, si te lo empezaba a contar todo, no podría contenerme, me caería al suelo y empezaría a llorar y todo sería aún peor. Me obligué a no llorar nunca delante de ti, no quería matar tu pequeña esperanza. […] Desde pequeña, yo estaba acostumbrada a las luchas tenaces con mi padre. Nunca quise llorar delante de él, nunca le reconocí que me había derrotado, por mucho que me doliera sus golpes; me acostumbré a esconder mi dolor. Un buen día, en un banco del parque, delante del teatro, un anciano se sentó a mi lado para leer su periódico. Era un auténtico burgués de Belgrado […] y no pude aguantarme más y empecé a llorar a lágrima viva. El anciano simplemente se levantó y se sentó en el banco de al lado, lejos de mí. Desde allí me sonrió con amabilidad y me saludó con una cortés inclinación de la cabeza. En aquel instante me recordó la torpeza de mi propia padre, su idiotez. Él nunca supo hacer lo apropiado en momentos así. Me dieron ganas de sentarme al lado del anciano y de poner mi cabeza en su regazo. Me sentí tan indefensa como una niña. Sabía que necesitaba que alguien me abrazara, me consolara, me dijera qué decisión debía toar. Pero no tenía a nadie. En Belgrado solo conocía a Goca […]. Tenía miedo de perderla también a ella y por eso preferí no intentarlo. Estaba convencida de que no había una persona más solitaria que yo en el mundo entero. […] Comprendí entonces que yo era capaz de perder la razón y de desconectarme completamente de la realidad. […] Sí, Vladan, en algún lugar entre estas huidas mías, olvidé que te tenía. Te olvidé. Lo sé. Me estremece pensarlo. Te olvidé, Vladan. Eso lo sé ahora. Tengo claro que te había dejado atrás, por mucho que tú te agarraras todo el rato a mi mano y corrieras conmigo arriba y abajo por aquel mundo enloquecido. Tú eras parte de aquella vida, no sabes lo mucho que lo siento, pero para mí tú eras parte de aquella vida de la que yo quería huir. Ahora lo sé. Pero entonces sólo intuía que debía acabar con aquella historia, si no, me moriría.

Yugoslavia, mi tierra; Goran Vojnoviç

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Madre

Me sentía derrotada cada vez al tener que dejarte solo en aquella habitación, era terrible porque sabía que tú no comprendías lo que estaba sucediendo. Cada vez que volvía al cuarto, tenía que hacer esfuerzos enormes para retener las lágrimas y no empezar a llorar delante de ti. Cada vez que entraba en aquella habitación, cada vez que me cruzaba con tu mirada, tan llena de esperanzas, cada vez que veía tus miedos, tu soledad, tenía miedo de que, si te lo empezaba a contar todo, no podría contenerme, me caería al suelo y empezaría a llorar y todo sería aún peor. Me obligué a no llorar nunca delante de ti, no quería matar tu pequeña esperanza. De manera que prefería caminar sola por Belgrado, llorar delante de los desconocidos que me miraban con incredulidad, mientras yo me apartaba, mientras volvía a huir. Desde pequeña […] me acostumbré a esconder mi dolor. Un buen día, en un banco del parque, delante del teatro, un anciano se sentó a mi lado para leer su periódico. […] Empecé a llorar a lágrima viva. El anciano simplemente se levantó y se sentó en el banco de al lado, lejos. Desde allí me sonrió con amabilidad y me saludó con una cortés inclinación de cabeza. En aquel instante me recordó la torpeza de mi propio padre, su idiotez. Él nunca supo hacer lo apropiado en momento así. Me sentí tan indefensa como una niña. Sabía que necesitaba que alguien me abrazara, que me consolara, que me dijera qué decisión debía tomar. Pero no tenía a nadie. En Belgrado sólo conocía a Goca […]. Tenía miedo de perderla también a ella y por eso preferí no intentarlo. Estaba convencida de que no había una persona más solitaria que yo en el mundo entero. […] Cuando uno llega a un grado de desesperación como el que alcancé yo en aquella casa, parece que el mundo entero se ha confabulado en contra de uno. […] En algún lugar entre estas huidas mías, olvidé que te tenía. Te olvidé. Lo sé. Me estremece pensarlo. Te olvidé, Vladan. Eso lo sé ahora. Tengo claro que te había dejado atrás, por mucho que tú te agarraras todo el rato a mi mano y corrieras conmigo arriba y abajo por aquel mundo enloquecido. Tú eras parte de aquella vida, no sabes lo mucho que lo siento, pero para mí tú eras parte de aquella vida de la que yo quería huir. Ahora lo sé. Pero entonces solo intuía que debía acabar con aquella historia porque, si no, me moriría.

Yugoslavia, mi tierra; Goran Vojnoviç

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Hijo

Mi madre no tenía tiempo para mis miedos porque estaba demasiado ocupada con los suyos. No me podía consolar, eso lo sé ahora. Se estaba consolando a sí misma.

Yugoslavia, mi tierra; Goran Vojnoviç

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TEPT

Nadja esperaba que después de tres años de convivencia diaria yo le explicaría la historia de mi vida. Esperaba que esa vez yo me presentara delante de ella y le mostrara mi verdadero yo. Al intentar explicarle quién era, llegué rápidamente a la conclusión que ni yo mismo lo sabía. Buscaba palabras apropiadas que al menos me pudieran describir. Pero cuanto más nos adentrábamos en mi pasado, más nos alejábamos de mí. Con cada nuevo capítulo se abrían nuevas incógnitas. […] Había que tener en cuenta que yo nunca le había dicho a nadie que le quería. No sabía cómo sonaba esa frase al pronunciarla ni lo que uno sentía al decirla. Aquella noche, […] cuando por primera vez en mi vida le hablé de mí, lo que sentí fue el deseo de pronunciar aquella frase. Decirle que la quería. El resto de mi discurso eran meras palabras que no se podían comprender del todo porque no tenían sentido. Eran palabras que me permitían esconderme. Pero detrás de esas palabras escudo estaban aquellas otras, las no dichas, las que de verdad me revelaban. Y esas, Nadja las supo entender, y comprendió aquella única afirmación, que era la que necesitaba escuchar.

Yugoslavia, mi tierra; Goran Vojnoviç

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19 de agosto

Cuando a veces me pregunto para qué pierdo tanto tiempo leyendo, la respuesta, además de que porque soy un vago y leer resulta bastante más cómodo que escribir, es porque todo arte es releer el arte.

Diarios: A ratos perdidos 1 y 2, Rafael Chirbes

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