Ideologías hegemónicas

El rasgo característico de las ideologías hegemónicas es que no necesitan pruebas o argumentos; su validez está asumida, entendida y ratificada por la convención y las normas y por los límites aceptados del discurso respetable. Por eso, quienes desafían al conjunto de ideas dominante, son los que normalmente tienen que asumir la responsabilidad de aportar pruebas, una responsabilidad que en el contexto actual desafía la argumentación dominante y la pone en evidencia. Por esta razón, hay que transferir de alguna forma la responsabilidad de aportar pruebas a quienes suscriben, promueven y se benefician de la ideología dominante. Si se vieran obligados a probar la validez de sus ideas, su intento fracasaría por partida doble: en primer lugar, porque asumir la responsabilidad de dar pruebas podría socavar la aceptación automática de su posición y, en segundo lugar, porque nunca antes habían tenido que probar nada, y así demostrarían, sin lugar a dudas, la debilidad de su razonamiento y el hecho de que, dadas las pruebas disponibles, sus ideas no se pueden defender de forma convincente. Las ideologías son hábitos mentales que desafían al pensamiento y hacen que las personas no piensen. Descargando esa responsabilidad sobre ellos (y sobre nosotros mismos), las ideas ciegamente aceptadas abren paso a la conciencia, y se rompe con los hábitos mentales.

Una visión diferente del progreso: En defensa del ludismo, David F. Noble

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Los escritores suicidas

El suicidio es un tema que me obsesiona. No quiero citar a los manidos Albert Camus y Emil Cioran pero ellos han explicado mejor de lo que yo sería capaz todo lo que ‘atrae’ a la humanidad del hecho último de quitarse la vida.

En 2016 he dedicado mi Trabajo de Fin de Máster al estudio del tratamiento mediático del suicidio y 2017 lo quiero dedicar a escritores que suicididaron. Intentaré hacer alguna reseña de la/s obra/s que lea y de la vidas de sus autores pero no prometo nada. Añado una lista de escritores que suicidaron y agradezco que en los comentarios añadáis otros que no estén. También es de agradecer una ‘jerarquía’ de autores y recomendaciones de obras concretas, que 365 días tampoco da para tanto 🙂

  • Pedro Casariego Córdoba
  • Virginia Woolf
  • Hunter S. Thompson
  • Cesare Pavese
  • Walter Benjamin
  • David Foster Wallace
  • Anne Sexton
  • Sylvia Plath
  • Alejandra Pizarnik
  • Alfonsina Storni
  • Horacio Quiroga
  • Ernest Hemingway
  • Guy Debord
  • Gilles Deleuze
  • Stefan Zweig
  • Emilio Salgari
  • Paul Celan
  • John Kennedy Toole
  • Mariano José de Larra
  • Ángel Gavinet
  • Nicos Poulantzas
  • André Gorz
  • Paul Lafargue
  • Carl Einstein
  • Philipp Mainländer
  • Yukio Mishima
  • Alfonso Costafreda
  • Stig Dagerman
  • Pierre Drieu La Rochelle
  • Thomas Chatterton
  • Heinrich von Kleist
  • Vladimir Mayakovski
  • René Crevel
  • Jens Bjørneboe
  • Évald Iliénkov
  • Attila József*
  • Primo Levi*

*Su suicidio es discutido

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Antigua vieja Inglaterra

-¿No es un alivio ver que hay cosas que siguen siendo así, que todavía se puede encontrar un pedazo de la antigua vieja Inglaterra, a pesar de todos estos inmigrantes que están viniendo?

No sé qué decir. Sus palabras quedan flotando en el incómodo silencio. Las hojas se agitan en las ramas del castaño. Me despido con una inclinación de cabeza, endemoniadamente triste, y mi azor y yo volvemos a casa bajo la lluvia.

[….]

La Vieja Inglaterra es un lugar imaginario, un paisaje constituido con palabras, xilografías, películas, pinturas y grabados pintorescos. Es un lugar imaginado por personas, y las personas no viven mucho ni se fijan demasiado en lo que ven. Somos muy malos con las escalas. […] También se nos da mal el tiempo. No somos capaces de recordar qué vivió antes de nosotros; somos incapaces de amar lo que no está. Tampoco podemos imaginar qué será diferente cuando hayamos muerto. Vivimos nuestros setenta años y atamos nuestros lazos y nudos solo a nosotros mismos.

H de halcón, Helen Macdonald

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Vivir sin dormir

A veces, cuando se hace la luz, solo ilumina lo deprimentes que son las circunstancias. Cada mañana me despierto a las cinco en punto y tengo treinta segundos antes de que me abrume la desesperación. Ya no sueño con mi padre; no sueño con nadie. […] Ahora sé que ya no confío en nada ni en nadie. Y es difícil vivir mucho tiempo sin confiar en nadie ni en nada. Es como vivir sin dormir; al final te mata.

H de halcón, Helen Macdonald

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Naturaleza sanadora

Había pensado que para curar mi profunda herida tenía que huir a la naturaleza. Eso es lo que hacía todo el mundo. La había en mis libros sobre el mundo salvaje. […] “La naturaleza en sus bosques verdes y tranquilos calma y cura todos los males”, escribió John Muir. “No hay penas en la tierra que la tierra no pueda curar”.

Ahora sabía que eso era una mentira seductora, pero muy peligrosa. Me enfurecí conmigo misma por mi ciega certeza inconsciente de que era la cura que necesitaba. Las manos están hechas para que las sostengan otras manos. No deben convertirse exclusivamente en una percha para un ave de prensa. Y la naturaleza no es una panacea para el alma humana; exponerla demasiado al aire puede corroerla hasta no dejar nada.

H de halcón, Helen Macdonald

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Ausencias

Hay un tiempo en la vida en que esperas que el mundo esté siempre lleno de cosas nuevas. Y luego llega el día en que te das cuenta de que no será así en absoluto. Ves que la vida se convertirá en una cosa hecha de agujeros. De ausencia. De pérdidas. De cosas que estuvieron allí y ya no están. Y te das cuenta, además, de que tienes que crecer alrededor y entre los vacíos, aunque si alargas la mano hacia donde estaban las cosas sientas esa tensa, resplandeciente opacidad del espacio que ocupan los recuerdos.

H de halcón, Helen Macdonald

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Muerte

Los ataúdes, como la corbata, hacían que las pequeñas pasiones de la vida resultaran ridículas en la muerte; las tarjetas de visita hacían que la misa en memoria de un difundo resultara mundana. La risa aparecía porque no había modo de incorporar esas señales de vida en el hecho de la muerte. Me reí porque no podía hacer otra cosa.

H de halcón, Helen Macdonald

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